El nuevo modelo de financiación autonómica condenaría a Extremadura a continuar infrafinanciada

El Gobierno ha presentado una
propuesta de nuevo modelo de financiación autonómica que movilizaría cerca de
21.000 millones de euros adicionales para las comunidades de régimen común a
partir de 2027. Sobre el papel se vende como una reforma para “modernizar” el
sistema, reforzar la suficiencia financiera y reducir desigualdades, pero los
números y el diseño concreto permiten llegar a una conclusión incómoda: para
Extremadura este modelo es objetivamente perjudicial, especialmente si se tiene
en cuenta su punto de partida de clara infrafinanciación en términos de
desarrollo socioeconómico.
Extremadura, en la cola del
reparto pese a estar atrás
La documentación difundida y los
análisis de prensa coinciden en que Extremadura se sitúa prácticamente en la
cola del reparto de los nuevos recursos. Mientras Andalucía o Cataluña se
llevan en torno a 4.800 y 4.700 millones adicionales, y la Comunidad Valenciana
más de 3.600, Extremadura solo vería crecer sus recursos en unos 216 millones
de euros, una cifra marginal en comparación. Varios medios subrayan que
Cantabria y Extremadura se convierten en las dos únicas comunidades que, en
términos de incremento real ligado al nuevo modelo, no reciben “ni un euro más”
del gran paquete de 21.000 millones.
La gravedad de este reparto se
entiende mejor si se recuerda que Extremadura se mantiene entre las últimas en
PIB per cápita y renta por habitante, más de un 20% por debajo de la media
española, pese al paso de los años. Aunque la región figure entre las
comunidades con mayor financiación por habitante ajustado en algunas series,
usar ese dato para negar su atraso y justificar que no reciba más recursos es
un argumento profundamente falaz: no tiene en cuenta ni el nivel de partida ni
las necesidades adicionales para converger, y confunde “algo mejor financiada
dentro de un sistema injusto” con “suficientemente financiada para dejar de
invertir en su desarrollo”.
Distintas estimaciones cifran en
torno a 700 millones de euros anuales lo que Extremadura dejaría de percibir
respecto a un reparto proporcional del incremento global, lo que afectaría de
lleno a sanidad, educación, dependencia o inversiones básicas en servicios
públicos.
Un modelo que premia la
riqueza y la recaudación
Uno de los elementos centrales de
la propuesta es la “tendencia a la ordinalidad”: las comunidades recibirán en
función de lo que aportan, reforzando la idea de que los territorios con mayor
capacidad recaudatoria deben situarse también en los primeros puestos de
recursos por habitante. Este giro beneficia a economías más ricas y con bases
fiscales potentes, como Madrid, Cataluña o Baleares, a costa de comunidades con
menor renta y menor capacidad recaudatoria como Extremadura.
El modelo no corrige de forma
decidida las desigualdades de origen —históricas, económicas y demográficas—,
sino que tiende a ordenarlas y estabilizarlas. En lugar de usar el incremento
de recursos para cerrar brechas en financiación por habitante ajustado, se
aprovecha la reforma para consolidar un mapa donde “quien más tiene, más
recibe”, situando en peor posición a territorios que ya partían atrás como
Extremadura. Y es que este es precisamente el problema, el concepto neoliberal de que el dinero en el bolsillo de quien lo tiene por penitencia generará más riqueza para el conjunto, cuando la realidad demuestra que lo que ocurre es que se agrandan las desigualdades. Por otro lado ya no sorprende que esa idea también la compre el PSOE, pues no es la primera vez que pretende legislar bajo esa premisa.
La etiqueta de
“sobrefinanciada” y el truco del statu quo
Para justificar que Extremadura
apenas participe del gran incremento global, el Gobierno se apoya en la
cláusula de “statu quo”, que garantiza que ninguna comunidad reciba menos
recursos que con el modelo anterior. El problema es que esa cláusula se utiliza,
en la práctica, para cristalizar la idea de que algunas comunidades —entre
ellas Extremadura y Cantabria— estarían “sobrefinanciadas” y, por tanto, no
necesitan más dinero del nuevo sistema.
Esa etiqueta de
“sobrefinanciación” ignora los déficits estructurales acumulados en servicios
públicos esenciales y el retraso socioeconómico de la región respecto a la
media española. Tomando como referencia el incremento total disponible para el
conjunto de comunidades, a Extremadura le corresponderían unos 700 millones más
al año; sin embargo, la propuesta le deja con “cero euros” de ese gran pastel y
solo reconoce 216 millones vía un tramo específico del Fondo de Compensación
Interterritorial. Se pasa así de una realidad de infrafinanciación a un relato
en el que la región queda caricaturizada como “beneficiaria” que ya no tiene
derecho a reclamar mejoras.
Más dependencia del Estado,
menos autonomía real
Otro aspecto clave es la
naturaleza de los recursos previstos. Una parte significativa del incremento
asociado a Extremadura se canaliza a través de la reformulación del Fondo de
Compensación Interterritorial (FCI), con un tramo específico para comunidades
por debajo de la media en financiación por habitante ajustado antes del cierre
por statu quo. En esta lógica, Extremadura recibiría 216 millones, mientras
Cantabria obtendría 46, cantidades que se presentan casi como “compensación”
por quedar fuera del reparto principal.
El FCI, sin embargo, está pensado
como un instrumento de inversión y convergencia territorial, no como sustituto
de una financiación ordinaria adecuada para sanidad, educación o servicios
sociales. Además, sus fondos suelen estar más condicionados a proyectos
concretos y decisiones del Estado, lo que incrementa la dependencia respecto a
convocatorias, aprobaciones y prioridades definidas desde el Gobierno central.
En lugar de reforzar la autonomía financiera de una comunidad ya
infrafinanciada con más recursos libres, el modelo desplaza el peso hacia
inversiones condicionadas y abre la puerta a una recentralización silenciosa.
Un diseño que no corrige de
verdad la despoblación y el sobrecoste rural
La propuesta incorpora el
concepto de población ajustada para repartir los recursos, ponderando factores
como envejecimiento, dispersión, ruralidad o insularidad. En teoría, eso
debería favorecer a territorios como Extremadura, extensos, envejecidos y con
baja densidad de población, que sufren un claro sobrecoste en la prestación de
servicios públicos. Sin embargo, el resultado final del reparto muestra que
estos criterios no compensan de manera suficiente el peso que se otorga a la
capacidad recaudatoria y al tamaño de la economía.
El nuevo fondo climático ilustra
bien esta contradicción: se configura una bolsa de más de 1.000 millones donde
dos tercios se orientan a territorios de litoral mediterráneo y solo un tercio
al resto, dejando en segundo plano a regiones de interior que padecen sequías,
incendios y otros impactos ambientales, entre ellas Extremadura. El riesgo es
claro: los componentes “modernos” del modelo —clima, transición ecológica,
etc.— terminan reforzando desequilibrios territoriales en lugar de corregirlos,
pese a que la región ya partía en situación de desventaja.
Una infrafinanciación
histórica que tiene responsables
La posición de partida de
Extremadura no es fruto del azar, sino de décadas de decisiones políticas que
no han sabido corregir el atraso estructural de la región. Extremadura sigue
situándose de forma recurrente entre los últimos puestos de PIB per cápita y
renta por habitante de España, más de un 20% por debajo de la media nacional,
sin que sucesivos gobiernos centrales y autonómicos hayan impulsado una reforma
profunda del modelo de financiación que compense esta brecha.
En ese sentido, la
infrafinanciación histórica de servicios públicos esenciales y la ausencia de
una estrategia de convergencia real son responsabilidad compartida de los
gobiernos del PP y del PSOE, tanto en Madrid como en Mérida, que han aceptado y
gestionado un sistema que consolidaba el atraso en lugar de revertirlo. La
alternancia bipartidista no ha cambiado lo sustancial: Extremadura ha seguido
en el vagón de cola mientras se cerraban acuerdos de financiación pensados para
contentar a territorios más influyentes, dejando pasar oportunidades para
blindar por ley un trato verdaderamente justo y compensatorio para la región.
A este problema de fondo se suma
la visión de las derechas, PP y Vox, que en nada ayuda a una crítica coherente
de la propuesta ni a una reivindicación creíble de mejor financiación para
Extremadura cuando aplican políticas fiscales claramente regresivas, reduciendo
impuestos precisamente a quienes más tienen —grandes fortunas, tramos altos del
IRPF, beneficios de eléctricas— y debilitando los ingresos públicos necesarios
para sostener los servicios. Al contravenir el principio básico de que quien
más tiene más debe pagar, estas políticas fiscales vacían de contenido
cualquier discurso sobre justicia territorial y dejan a regiones como
Extremadura atrapadas entre un sistema de financiación injusto y una estrategia
tributaria que favorece a las rentas y patrimonios más altos.
De la igualdad a la
“desigualdad ordenada”
El balance general para
Extremadura es especialmente negativo porque combina dos elementos: un punto de
partida de infrafinanciación acumulada durante décadas y un diseño de reforma
que prioriza la ordinalidad y la recaudación sobre la corrección de desigualdades.
En un paquete de casi 21.000 millones adicionales, la región queda
prácticamente fuera del reparto real y, para colmo, se difunde la idea de que
estaría “sobrefinanciada”, como si no existiera aún un amplio camino de
convergencia por recorrer.
En lugar de garantizar una financiación suficiente, estable y autónoma para sostener servicios públicos de calidad y apoyar el desarrollo económico de un territorio históricamente rezagado, el nuevo sistema consolida una posición periférica, dependiente de fondos condicionados y con menor capacidad de maniobra en futuras revisiones del modelo. Bajo el discurso de la modernización y la ordinalidad, se está dibujando un mapa de “desigualdad ordenada” en el que Extremadura, pese a su situación inicial de retraso socioeconómico —agravado por la inacción acumulada de los sucesivos gobiernos de PP y PSOE y por las políticas fiscales regresivas impulsadas por las derechas-, vuelve a quedar en el vagón de cola.