Trump vulnera el derecho internacional interviniendo militarmente en Venezuela
La intervención de Estados
Unidos en Venezuela: una vulneración del derecho internacional que pone en
peligro la convivencia pacífica de todos los Estados
Denunciar la intervención de
Estados Unidos en Venezuela no implica, de ninguna manera, respaldar el régimen
de Nicolás Maduro. La confusión deliberada entre ambas posiciones constituye
una estrategia destinada a deslegitimar la defensa del derecho internacional y
del principio de soberanía de los Estados. Cuestionar la injerencia de una
potencia extranjera no supone apoyo a un gobierno concreto, sino compromiso con
las normas fundamentales que garantizan la convivencia pacífica entre las
naciones.
Los dos primeros artículos de la
Carta de las Naciones Unidas son explícitos en este sentido: establecen la
igualdad soberana de los Estados y la prohibición del uso de la fuerza o de la
amenaza como instrumentos de política exterior. La actuación de Estados Unidos
hacia Venezuela, materializada en operaciones militares abiertas y en el uso
explícito de la fuerza armada, constituye una vulneración flagrante de dichos
principios. En ningún caso tales intervenciones han contado con el aval del
Consejo de Seguridad de la ONU ni con el consentimiento del Estado afectado.
Nos hallamos, por tanto, ante una violación palmaria del orden jurídico
internacional, cuya observancia resulta esencial para preservar la paz y la
estabilidad globales.
Resulta insostenible sostener que
el objetivo de estas acciones sea la restauración de la democracia o la
liberación del pueblo venezolano. La historia reciente ofrece precedentes
elocuentes: Irak, Libia y Siria son ejemplos trágicos de cómo las intervenciones
militares, justificadas en nombre de la libertad o la defensa de los derechos
humanos, derivaron en la destrucción del tejido institucional, el colapso de la
soberanía nacional y el sufrimiento prolongado de sus pueblos. En todos esos
casos —y ahora en Venezuela— el discurso humanitario ha encubierto fines mucho
más concretos: el control de recursos estratégicos y la consolidación de la
hegemonía geopolítica de Washington. Se trata, en definitiva, de un acto de
rapiña militar con apariencia de intervención salvadora.
La gravedad de esta situación
trasciende la frontera venezolana. La vulneración del derecho internacional
afecta al conjunto del sistema multilateral y, por ende, a la seguridad
colectiva. La aceptación pasiva de tales actuaciones crea un precedente alarmante:
ningún país puede considerarse a salvo de una intervención futura bajo
pretextos similares. La erosión de la soberanía nacional de un Estado, por
débil o cuestionado que sea su gobierno, debilita a todos los Estados por
igual.
Por ello, resulta imprescindible
adoptar una posición clara y firme en defensa del derecho internacional.
Reafirmar los principios de la Carta de las Naciones Unidas no es un gesto de
simpatía hacia un determinado gobierno, sino un acto de coherencia política y
ética. Venezuela debe poder resolver sus conflictos internos mediante sus
propias instituciones y sin imposiciones externas. El rechazo a la actuación de Trump por parte del pueblo estadounidense es un hilo de esperanza, pues posiblemente sea su propio pueblo quien más pueda incidir para detener la deriva neofascista de sus dirigentes. Solo así podrá preservarse
la esencia del orden internacional basado en normas, frente a la tentación del
unilateralismo y la ley del más fuerte.